Los cubanos bailan de oído. La música envía un impulso rítmico hacia sus caderas -el epicentro musical del ser humano- y de ahí una vibración sonora mueve sus cuerpos como un junco al aire. Es un movimiento natural, no forzado, se aprende a bailar como se aprende a hablar y los que vienen de lejos del Caribe tienen que practicarlo como un idioma desconocido, marcando pasos, de tal modo que por muy bien que lo hagan siempre bailarán con acento extranjero. El son, la guaracha, la rumba, la salsa, salen como a golpes de corazón. El son, por ejemplo, es el latido suave de quien se siente a gusto con la vida, de quien se levanta sonriendo y se muere dejando una ristra de buenos amigos desconsolados; la salsa, en cambio, es el enamorado frenético, el corazón loco, la prisa por quererse, la alegría fugaz de los nuevos encuentros. Un, dos, tres, cuatro... paso de mambo; un, dos, tres, cuatro. Una mujer no necesita saber los pasos para bailar con un cubano, sólo dejarse llevar; olvidarse los grilletes que agarrotan los brazos y las piernas y soltar la cintura como si se estuviera con un amante reciente. Entregarse y abandonarse al ritmo de la vida. Así es muy fácil bailar.
II
A él, que venía del otro lado del mundo -de una tierra antigua, de un desierto casi- le parecía que ella sabía bailar. Y no sabía, no. Bailaba con acento extranjero, con pasos aprendidos como sílabas de frases hechas. Con timidez y algo de miedo. Pero de eso él no se dio cuenta. Era alta, grande, blanquísima y a ratos parecía guapa. Bailó primero con un mulato con un traje blanco que encabezaba una troupe de jineteras. Bailó después con uno de los músicos de la banda, otro mulato que no tardó en llevarla a la barra y sentarse a su lado para empezar así la conquista de la libertad reencarnada en una mujer blanca. No importaba lo que ese hombre le estuviera diciendo, él seguía con los ojos pegados a ella como el cañón luminoso de un teatro a oscuras, así hasta conseguir que ella también lo viera.
III
Y se miraron y se reconocieron. Ella porque esperaba encontrar a alguien que no la viese como un pasaje para escapar de la Isla; él porque sólo quería conocer a una mujer que no le costase cien pesos convertibles la noche. Y se reconocieron por esa vieja emoción que está por encima de la geografía y los idiomas y que viene de cuando no hacía falta hablar: sólo con verse ya sabían que aquella sería su única y última noche. Por todo eso y más se reconocieron.
IV
Saltarse a la torera las estrecheces protocolarias y atender a los instintos primarios es algo extraordinariamente erotizante para algunas mujeres y si a la naturaleza pura se le añade un pellizco justo -sin llegar, ni pasarse- de buenos modales, el resultado puede ser una delicia. Así, tras la fórmula rompehielos "¿tú de dónde vienes?" - en perfecto inglés, por supuesto- y el intercambio de respuestas "yo de España ¿y tú?" - en inglés balbuciente y arrastrado como los pasos de salsa académica - una mano segura de sí misma agarra a otra en perfecto estado de asombro para llevarla del terreno ajeno de la barra, al neutral intermedio y de allí al contrario de la mesa contigua y decir, con el aplomo necesario para que, sin contraseñas ni artificios, se produzca el estallido: Yo soy de Israel. Siéntate conmigo, por favor.
V
Tiene veintiséis años y dejó el ejército israelí hace unos meses. Aprendió a desfilar entre las tumbas de sus compatriotas y por lo tanto, teme a la muerte como para perderle del todo el miedo a la vida. Se ha gastado su última paga de soldado en recorrer una parte de los Estados Unidos y al final ha pasado unos meses en Monterrey donde ha aprendido muy bien a entender el español y a hablarlo casi tan mal como un gringo del norte. Aún así su acento a narcocorrido le hace parecer tierno y vulnerable a los ojos de ella que, sin duda, prefiere corregir el balbuciente castellano de él que atreverse con su inglés apresurado y confuso, por eso agradeció que fuera comprensivo cuando al intentar explicarle que su cumpleaños fue "hace dos días", tradujera convencida "hace dos años" y que tras el breve silencio a media sonrisa él le contestara cual charro con piedras en la boca: ...Si quieres, podemos hablar en español.
VI
Ha venido a La Habana como antes fue a México o a Santo Domingo o a Florencia. A olvidar el gris de una ciudad de provincias que aunque ofrezca un exterior limpio y luminoso tiene el alma oscura como la sombra de un murciélago. A olvidar los días iguales, las noches sin abrazos; los días rápidos, las noches eternas y buscarse en otro mundo, por si se ve distinta, por si ya no vuelve a ser la misma. A cumplir cuarenta años y celebrarlo en La Floridita y beberse un daikirí y bailar los pasos memorizados con tesón de catecismo. Bailar y nada más les dice a los cubanos; no quiere verse mendigando cariño a cambio de un "te llevo a España"; se sabe merecedora de un deseo sin tasas ni intereses y su orgullo está muy por encima de marujitas cazadoras de sementales caribeños. Él, en cambio, es distinto, él no la busca por necesidad, por eso para él será su cintura cuando caminen hacia el Malecón; para él serán sus caderas cuando las tome entre sus manos y su cuello azulado para sus labios y el olor del pelo y la piel húmeda de son y salsa. (...)
VII
Los piratas lo llamaron "el collar de perlas del Caribe" y es que, desde el mar, el Malecón es medio óvalo salpicado de luces estrelladas que apenas deja adivinar la triste decadencia que hay tras él. Desde el Malecón el mar es de un turquesa inocente que se vuelve oscuro y amenazante a medida que avanza la noche. Al otro lado de ese abismo está la libertad, pero para alcanzarla hay que entregarse al mar como los habaneros se entregan a la noche. Se sentaron entre gente que dormía, adolescentes reguetoneros, parejas confidentes y familias enteras contando sueños libertarios cara al mar. El Malecón es el punto de encuentro más solicitado una vez que oscurece y su población aumenta conforme pasan las horas. Los hay de todas las edades y da igual si se quedan hasta el amanecer o no; saben que al día siguiente no habrá nada que hacer hasta caer la tarde y entonces, volverán al Malecón. Visto de lejos, una hilera humana parece haber rellenado todos los huecos posibles desde la Habana Vieja hasta Miramar, pero una vez que se llega, siempre hay un sitio donde sentarse. Ellos encontraron su sitio. Allí se besaron por vez primera y allí -mitad en inglés, mitad en castellano- resumieron lo más inmediato de sus vidas.
VIII
"Me quedo en el Plaza y esta noche te vienes conmigo". No preguntó, afirmó sin más. No era hombre de titubeos. Remontaron Galiano y cruzaron por Neptuno. El Plaza estaba cerca, un paseo nada más, pero a ellos se le hizo deliciosamente interminable. La impaciencia de él obligaba a parar en todas las esquinas, rincones y portales de aquella ciudad rota. Ella, en cambio, en esos catorce años de diferencia, había aprendido a esperar y prefería ir más despacio; contenerle, no dejarle seguir. La vida le había enseñado a renunciar demasiadas veces y había aprendido a conformarse con una felicidad servida a ráfagas fugaces más que en largas y tranquilas travesías. Una noche da para mucho, para qué exprimirla en arrebatos públicos sin saborearla a fondo cuando, de todas formas, se sabe que va a terminar. No imaginaba entonces que su prisa no sólo era reflejo de un deseo insoportable; había algo más a lo que él debía adelantarse, algo que estaba muy por encima de sus ganas de arrancarle el vestido y tumbarla sobre la cama de la habitación 206 del Hotel Plaza. Pero eso ella aún no lo sabía. (…)
Hotel Plaza. La Habana.
IX
En la puerta pone "1900" y cruzar esa puerta es cruzar un siglo. En el lobby los periquitos duermen en sus jaulas; los botones y los porteros charlan sin prestar atención a quienes entran; ya los vieron antes, un cliente del hotel y una turista, no problem, no es jinetera. Le han limpiado la cara, le han repintado, han renovado los ascensores, pero no engaña a nadie; el Plaza aparenta los más de cien años bien llevados que tiene. La habitación 206 no es para menos. Allí debieron pernoctar aprendices de gangster y poetas solventes con pretensiones existencialistas. Ahora es sólo una chambre modesta y bien ventilada con vistas al Capitolio y esas novelas hebreas apiladas en el suelo en discreto orden adornan su decadencia de gloriosa diva envejecida. No hay que esperar, para qué cerrar las cortinas si a esas horas nadie va a ver qué pasa detrás de ese balcón. Si espera, si se demora en preliminares lo escuchará y esta vez quiere desobedecerle, no hacerle caso, decirle que no. Quiere que el deseo, la lujuria, el pecado vayan más rápido y que cuando el arrepentimiento llegue ya no haya remedio y esté todo hecho. Luego, ya verá qué hace con la penitencia. Pero eso ella no lo sabe, por eso le frena, quiere que vaya mucho más despacio, así le desabrocha los botones de la camisa y planta besos de mariposa sobre su piel de azafrán y él, al fin, se abandona sabiendo que ya está perdido. No había que recorrer mucho territorio, sólo seguir con los labios la fina línea de vello oscuro del vientre, atravesar el ombligo y pararse en el elástico de los calzoncillos para que un arcángel del ejército celestial irrumpiera, espada en mano, en la habitación 206: – No puedo -en inglés-. – No puedo -en español-. – ¿Por qué? -en inglés-. Y según lo que ven sus ojos no hay razón humana para no poder, pero lo que sus ojos no ven son las razones divinas y ahí da igual que la naturaleza se manifieste con evidente rotundidad fisiológica. "Compréndeme por favor -contesta en inglés- pero no puedo hacerlo. Cuando salí de mi casa mi padre me rogó le hiciera tres promesas: Rezar todos los días, santificar el Sabbath y no tener sexo con mujeres no judías. Si tengo sexo contigo cometería un pecado mortal".
Ella era de esos turistas a quienes les pasan a veces cosas propias de viajeros o exploradores. No buscó nunca la aventura y sus sueños se mantuvieron siempre en el más sencillo costumbrismo; pero también ella era de los que no eligen la totalidad de su vida, sino que una gran parte le viene dada por manos invisibles, como el guión de última hora de una obra teatral a cuyo argumento hay que adaptarse apresuradamente, improvisando frases y maneras de un personaje bien distinto al aprendido por la actriz principal. ¿Qué hacer ante aquella situación? De repente se veía convertida en la lasciva mujer de Putifar, en la perversa Jezabel, en la intrigante Dalila por obra y gracia del mismísimo Yahvé. El casto José por su parte no pudo evitar que se le derramara la bendita esencia al rozarse con la piel cristiana y liberado ya de un demonio en firmes que casi le hace romper su tercera promesa, suplicó derecho de pernada sobre la infiel para así dormir en inocente cuarentaycuatro al que el Cielo haría la vista gorda. Si de algo le servían a ella cuarenta años de cultura mediterránea era que el buen aceite puesto a hervir y luego a enfriar de golpe pierde las propiedades así que declinó la proposición y salió con la cabeza bien alta de la habitación 206 no sin antes ponerle a tan comprometido amante un beso de monjita entre ceja y ceja.
Henry Fonda y Bette Davis en Jezabel.
En el lobby, botones y porteros seguían con su charla, los pericos durmientes en sus jaulas y cuatro o cinco taxis de todos los colores y tamaños esperándola en la puerta. Agarró el más grande, uno de los Mercedes puestos por el régimen al servicio del turista, y con la decisión propia de quien ha desafiado -sin saberlo- la voluntad de Dios, despertó al taxista amodorrado sobre el volante: al Hotel Nacional, por favor.
Hotel Nacional. La Habana.
Salieron por el Paseo del Prado hacia el Malecón; los dos leones de bronce que flanquean el Paseo soñaban con los tiempos en que aún eran cañones de guerra, el taxi los iluminó con sus faros y por un momento volvieron a brillar como en las viejas batallas. El Malecón no podía estar más lleno, eso significaba que amanecería pronto. Más gente cuanto más pasan las horas. Una línea clara dividía el mar del cielo, pero aún era de noche, ya se veían las lucecitas altísimas del Habana Libre y las magníficas atalayas del Nacional. Estaba cansada, tenía sueño, mejor no pensar en lo que le había pasado, dormirse tranquilamente sabiendo que nadie la espera, que no espera a nadie y que no tiene una sola promesa que cumplir.
"Somos viajeros de distintos mundos, que tropezamos en cualquier andén y que a la hora de seguir el viaje, cada cual sigue con su propio tren..."
Carlos Puebla.
FIN
Pequeña joya musical como contribución a la Banda Sonora de mi relato.
EPÍLOGO
Hay que tener mucho cuidado a quien se le cuentan las cosas, el tú a tú trae complicaciones ya que una se coloca en posición vulnerable hacia interlocutores demasiado sensibles a la envidia, la represión o los prejuicios. Decidí escrupulosamente a quien podía o no contar esta historia, con el tiempo descubrí que el escaso número de amigos que me escuchó debiera haber sido aún más escaso. Cosa bien distinta es contarlo desde otra posición; desde la anónima posición del narrador. Ésa es una posición de poder, podrá gustar o no lo que cuento o cómo lo cuento, pero nadie se atreverá nunca a juzgar lo narrado. Esta historia es, pues, un pedazo de mi propia historia, contada tal y como ocurrió de la mejor forma que sé hacerlo.
Domingo por la mañana. 10 a.m. Te despiertas siempre a la misma hora incluso los días que no tienes que ir a trabajar. Las seis de la mañana. Y así desde que dejaste de compartir tus noches y tus amaneceres. Pero hoy te has dormido al alba, cuando los primeros rayos de sol iluminaban tu cama oceánica sobre la que ahora yaces desnuda, cansada de pelear con recuerdos marchitos y sueños estériles, te has rendido al fin al abrazo ajeno, a los besos nuevos que han sabido descifrar los secretos de tu cuerpo -las claves ocultas que dejaste olvidadas en una tumba- alejando los silencios de tu garganta y derritiendo la escarcha en tus rincones.
Una mujer negra cantaba "Madabouttheboy" con la voz prestada de la inolvidable DinahWashington. Él te tomó de la mano y os quedasteis solos en mitad de la pista, bailando en ese espacio sin tiempo de los que no tienen donde ir, de los que no tienen quien les espera. Habíais charlado un poco y habíais bebido algo más, pero no tanto para saber que ya no necesitabais hablar, que para todo lo que teníais que deciros no hacían falta palabras. ¿Cuánto tiempo hacía que no bailabas así, Jane? Llevabas muerta cinco años. Te enterraste con Mike en el panteón familiar de una villa de Escocia y has estado vagando desde entonces sin saber a qué mundo perteneces. Ahora sí lo sabes. Sentiste sus labios en los tuyos, su corazón contra el tuyo, la hebilla de su cinturón contra tu vientre. Estabas en mitad de la pista de baile del "TheBlueUnicorn" besando a tu primer hombre desde la muerte de Mike, por eso saliste corriendo. Habías sido un alma en pena, un espectro de ti misma y eso te dio tanto miedo. Saliste corriendo, Jane.
Te dejaste acompañar en silencio, no querías decirle que estabas muerta. Muerta y enterrada, eso es. Pensabas que podías, que ésta sería la noche, que todo se había sincronizado para que así lo fuera, pero tenías miedo, Jane.
Abriste la puerta, encendiste las luces y allí estaba. Tu casa entera respirando como un ente invisible. Tragándote día a día, llevándote al olvido. Aún no era tarde, podías salvarte. Saliste a la calle y le viste, caminando despacio, tal vez esperando tu arrepentimiento. Le llamaste de lejos y las puertas y ventanas de tu casa se abrieron todas de par en par.
Cierras las cortinas y dejas tu cuarto en penumbra. Vuelves a la cama y te abrazas a su espalda. ¿Quién te hubiera dicho esto Jane? Richard tampoco lo habría imaginado. Le encontraste allí, tan solo, tan desvalido, tan necesitado de caricias que tu alma caritativa se iluminó de un deseo antiguo. Se sorprendió tanto como tú de verte, pero al contrario que tú, su sorpresa tenía premio. Efectivamente, cimbreándose entre las mesas, acompasada a las notas musicales como si en toda su vida no hubiera hecho otra cosa, la camarera-gacela de cabello interminable se dejó caer junto a Richard como una plumita. "Hay tanta gente en el toilet que mejor me aguanto hasta que termine la actuación" dijo aquella escultura andante.
Acaricias su vientre, su estómago, sus piernas y su respuesta no tarda. Te abraza tiernamente y te regala un beso de buenos días sobre los restos de maquillaje de tus párpados. Durante la cena se excusó para hablar por el móvil. En realidad estaba quedando para luego con la camarera. Que si a qué hora terminas, que si conozco un lugar, que si te gustaría venir conmigo.
Tiene un cuerpo elástico y fuerte, más de lo que parece bajo esas camisetas. Sus manos te buscan como algo nuevo por descubrir, como un reino por conquistar. Te desperezas bajo su peso y te abandonas a su impaciencia. No sabía qué decir, estaba claramente avergonzado. Te sentías ridícula, pero no por ti, sino por él, por Richard. Te había engañado muy bien con sus problemas de familia. Ahora entendías a aquella italiana fogosa que había pleiteado sin descanso hasta llevarse a sus hijos. Ahora entendías a Sarah cuando te dijo que él preferiría a alguien veinte años más joven que a una mujer de treinta y siete.
Lo sientes fluir, alejarse, acercarse, como una marea. Tú eres su playa, su arena, su roca. Choca contra ti, se funde en ti, se calma en ti y una gran ola te sube garganta arriba. Pero aún tienes que pronunciar el conjuro que limpie tu casa de espíritus.
Ahora, él descansa sobre tu cuerpo, acerca sus labios a tu cuello y con la voz enronquecida por la batalla te canta al oído: What a dayfor a daydream, what a dayfor a daydreamin' boy... Ya es hora de despojarte de la mortaja Jane, ya es hora de decirlo. Descansa tú y deja descansar a los muertos, sólo tienes que abrir tus labios y dejar paso a estas palabras: mi marido murió en un accidente ¿sabes Paul?
Mike murió en aquella carretera y yo soy en lo que se convirtió después. Soy su esencia. No tengo nombre, ni cuerpo, ni mente. He habitado en ti hasta que tú has querido que me vaya. Mike se queda en tu memoria, pero yo me iré al fin y cederé mi espacio a los que sueñan despiertos. Tu historia comienza ahora, Jane.
FIN
Buceando por YouTube encontré muchas versiones actuales de Daydream, pero al final me decidí por dos de ellas, una "profesional" del italo-escocés Paolo Nutini (quien me inspiró a Paul) con el francés Jhero y otra "casera" buenísima, que no desmerece en absoluto de la anterior. ¿Con qué Paul nos quedamos?
Sábado por la noche. 11 p.m. Te dijo que había vivido en una casa de campo a unos minutos en bici de un pueblo de tres mil habitantes. Que sus padres eran profesores de universidad y que no creían en las enseñanzas de las escuelas corrientes. Portadores del virus neohippie en tiempos del incivilizado "no futuro", se marcharon a una granjita en las midlands y desde allí y con la ayuda inestimable de unos abuelos con sobrada solvencia, sus descarriados progenitores les dieron a él y a su hermana toda la buena educación que cabía esperar de un JimMorrison y una JanisJoplin reciclados para la estricta formación británica. Un día papá se afeitó y mamá se cortó el pelo, siguieron cultivando maría en el invernadero y saludando al sol sentados cual flores de loto -cuando en realidad saludaban a las nieblas y los nubarrones que embadurnan las midlands en todas sus variantes de gris plomo trescientos sesenta días al año- pero el poder de las flores se agotó y Paul y su hermana Helen iniciaron una dura vida escolar en el salón de su casa, porque sus padres debían demostrar primero al claustro universitario y después al resto del mundo, que la escuela tradicional no era necesaria. "Vivir aislado en el campo, rodeado de animales y plantas de adormidera y con dos hembras humanas potencialmente hermosas que para mayor desgracia eran de mi propia familia me puso al borde de la condenación eterna" contaba Paul. No sabes en qué momento empezó a contarte todo eso. Qué frase o qué palabra dijiste para que ese chico te hablara de él, de su vida y sus aficiones como si se tratara de una cita a ciegas con alguien de una página de contactos. Pero lo más asombroso es que aquellas palabras fluían tan fácilmente de sus labios a tus oídos qué no podrías ni precisar el momento en que fuiste tú la que le hablabas a él. Te callaste, eso sí, lo principal. Prudencia Jane, cuidado con los desconocidos. Mike te decía que no fueras desconfiada, que no caminaras por la vida como si te fueran a hacer daño. Él se confió en su destreza al volante, en su seguridad, en su buena suerte y un camionero medio borracho, mucho más inseguro que él y con mucha menos suerte lo aplastó bajo sus ruedas. Prudencia Jane, no hables de Mike, no compartas su recuerdo con nadie o lo perderás para siempre.
Te dijo que Daydream le gustaba a su padre porque a su vez se la enseñó el suyo cuando era un chaval. ¿Qué edad tenía entonces su padre? Muy poco mayor que tú, ¿no, Jane?. Tal vez la edad de Mike. Este chico hubiera sido el hijo no deseado perfecto en caso de que os hubierais conocido en los 80. Tú en los 80 eras una chica de negro más a quien le gustaba CindyLauper y que como todas las chicas de negro de entonces pensabas que eras diferente. Con el tiempo el negro se tornó gris marengo, marrón oscuro, blanco roto, beige tostado y CindyLauper cayó en el olvido. Paul te contaba que sus padres se hartaron un día de ser los únicos exponentes vivos del movimiento hippie y que las guitarras de JesusandMaryChain desplazaron a los vinilos de JimmieHendrix. Por eso empezó él a tocar, hasta que Helen le partió una ceja con la guitarra de juguete. Eso fue mucho antes de su "condenación eterna". Con muy buen tino, Patrick, el sacerdote irlandés amigo de papá le habló a Paul del incesto y sus variantes a tiempo suficiente para evitar que su hermanitaHelen siguiera pidiendo los honorarios de fin de semana a su hermano menor a cambio de sesiones caseras de striptease. "Estuve ahorrando tres semanas para reunir dinero y pagarle todo lo que me pedía por tomar en mis propias manos lo que hasta entonces sólo me había enseñado. Si hubiéramos sido más chicos en casa, a la muy puta le habría salido gratis la universidad". Los coches favorecen las confidencias, son cajas cerradas donde las personas comparten un pequeño espacio que se vuelve más íntimo según avanza el cuentakilómetros. Ahora estás encerrada con Paul en el coche de Paul, escuchando sus escandalosas memorias. Te dijo que aún era pronto para quedarse en casa, que conocía un lugar nuevo para bailar música latina y que los sábados tocaban músicos en directo. Que él y sus amigos habían tocado allí. Le dijiste que no, que tal vez otro día. Te asustaste de repente porque dejaste de ver al niñato y empezaste a ver a un hombre, y a ti los hombres te asustan mucho Jane. Te diste media vuelta y saliste corriendo, como siempre, pero el joven Paul debía saber las palabras mágicas para convencer a una chica. Estuvo malgastando un dinero destinado a ir al cine y comprar videojuegos por ver en directo la progresiva floración de su hermana mayor. Ahora, que estás en el coche con él, ya lo sabes. Para llegar de tu puerta a su coche sólo tuvo que decirte lo bonita que estabas con ese vestido. TheBlueUnicorn. Era un lugar corriente con un pequeño escenario al fondo. Estaba lo suficientemente iluminado para que las parejas de baile se exhibieran sin llegar a ser el centro de atención. Había gente de todo tipo, aunque la mayoría eran veinteañeros en busca de nuevas sensaciones musicales. Sentiste ganas de salir corriendo cuando Paul se bajó del coche y empezó a saludar a unos y a otras que parecían haber pasado no hace mucho la mayoría de edad. Rezaste porque no te presentara a nadie y por lo menos hasta la llegada al ropero, tus oraciones fueron escuchadas. Nunca te desenvolviste bien entre desconocidos, Jane. No es que fuera tu timidez congénita, es que aborrecías las miradas de otros. Ya no te vestías de negro, ni te pintabas los ojos como LilyMonster; hace mucho tiempo que te mostrabas tal cual eras y ésa era parte de tu fragilidad ante el mundo. Mientras Paul ejercía de popular universitario, te entretuviste en encontrar las puertas de emergencia por si había alguna para arrepentidos, pero no te dio tiempo de encontrarla. Tres chicos de menos veinticinco te miraban sonrientes como si fueras una rara especie recién descubierta. Charlie, Al, Sean... te dijo Paul y saludaste lo mejor que pudiste según el método Stanislavsky. Cuando los chicos se fueron y Paul te preguntó si querías un mojito o un daikiri tú sólo supiste responder: ¿Sabes la edad que tengo?. No te preocupes -contestó sonriendo- la próxima vez diremos que eres mi abuela. El daikiries más apropiado para tus años. Les diré que no lo carguen mucho, por si te sube la tensión. Y dio media vuelta en dirección a la barra.
Ya habías estado antes en estas situaciones. Lorna y Babette te han hecho sentir tantas veces tan avergonzada que te hubiera gustado hacerte invisible en más de una ocasión. Ahora no hace falta que te hagas invisible. Has elegido el lugar más oscuro del local, aún a sabiendas de provocar algún malentendido entre los conocidos de tu joven acompañante. Repasas tu manual de excusas y crees que la más oportuna sería la de la indisposición repentina. Te has pasado los últimos cinco años indispuesta contra la vida, ¿verdad Jane?. No, no lo harás, te tomarás tu daikiri o lo que sea que te traiga tu vecinito el músico y luego le pedirás que te lleve a casa. Es sábado, podrás aguantar una hora más. No es difícil escuchar las historias de ese chico. Te ríes con él y hace mucho que no te reías ¿cinco años, Jane?
Echas un vistazo a la barra, no ves a Paul, sólo una pequeña muchedumbre de todos los colores que lucha por conseguir una copa. Si tarda demasiado en venir puede que vuelvas a tu primer plan de huida; la carrera desesperada. Cuando parece que ya no te queda otra solución y que la frase "¿pero qué hago yo aquí?" se ha grabado en tu mente como un mantra, los focos exagerados de la nueva actuación te muestran, al fondo de la barra, lo que parece ser tu salvación de esta noche.
Nunca pensaste que lo verías de esta forma, así, señalado por una luz impertinente que no atina con el pequeño escenario. Cegada por los fogonazos, entre el ruido de los instrumentos por afinar, los discretos aplausos de la gente y el tintineo de los cócteles, apenas si aciertas a caminar entre las mesas que te separan de él. Serio, taciturno, y completamente solo. Así, sin darse cuenta que estás observándole, sin caretas ni artificios, como siempre te hubiera gustado verlo. Las cosas no pasan por casualidad. Tenías que venir hasta aquí. Las luces por fin se acomodan al pequeño grupo y se acompasan con la melodía. Aún no se ha dado cuenta que estás a su espalda, parece que sus problemas le tienen muy lejos esta noche. Cuando se vuelve a mirarte se queda tan asombrado como tú. No sabes exactamente descifrar su expresión. Tal vez, se le ha ocurrido lo mismo que a ti, que la vida tiene esquinas que necesariamente hay que doblar para encontrar el camino. No sabe qué decir, es normal, lo dices tú, que para eso -y tras mucho titubeos- has logrado al fin llegar: Hola Richard, no esperaba verte aquí.
(...) Continuará (...y ya falta poquito)
Y para imaginarse la escena o adelantarse al final, podemos recrearnos en lo que podría escucharse esa noche en "TheBlueUnicorn"
Sábado por la noche. 9.30 p.m. La vuelta a casa está resultando incómoda. El silencio se ha instalado en el coche de Richard como un pasajero más y a ti se te han acabado los recursos para darle conversación. Se le ve impaciente por dejarte en casa, conduce rápido y no parece tan interesado en demorar la despedida como en las citas anteriores. Hoy precisamente que estabas decidida a dar un paso más con él, tropiezas con un asunto externo. Richard tiene razones para estar preocupado y no es cuestión que tú lo consueles. Eres una viuda aún joven con dificultades para superar una tragedia, es cierto que cinco años de duelo son demasiados, pero cada uno tiene sus ritmos y ahora que has decidido avanzar un poco, necesitas que el otro esté en plenas condiciones para procurarte un atisbo de felicidad. Algún día tendrás que atreverte a verlo, a Richard, sólo tienes que olvidarte que no te gusta su cara y que no te parece atractivo. ¿Quien te parece atractivo Jane? Los ves por la calle, en el cine o en la televisión y te preguntas cómo será el hombre que acceda a tu cuerpo después de Mike. Hombres a los que nunca quieres mirar. Podrías ser la reina de tu choza cualquier noche de éstas, pero aún no te atreves a poner los pies a ambos lados de la cama debajo de cualquier desconocido porque aún lo llevas a él dentro. Como si los cientos de duchas diarias, los baños de sales, las cremas y perfumes que has usado desde su muerte no hubieran borrado su olor de tu piel, de tu pelo, del colchón y las sábanas. A Richard le gustas, eso lo sabes, le basta con que seas una hembra bien formada, no tienes que esforzarte demasiado, por eso demoras un encuentro cuerpo a cuerpo para cuando ya no puedas más, para cuando sientas esa sacudida de sangre en las muñecas, ese calor ahí abajo que te obligue a apretarte contra él en futuras despedidas. ¿Cuantas mujeres fantasean con un ejemplar angloafricano como Richard mientras sus maridos las toquetean torpemente bajo edredones de plumas? Tienes suerte Jane, hoy podrías haberle invitado a la última copa en tu casa, escuchar música, reirte con sus charlas de documental y dejarle expectante hasta la próxima cita. Adiós Richard, lo he pasado muy bien. Pero hoy no se ha hecho el remolón, se ve que tiene prisa. Pobre. O tal vez ya se ha hecho a la idea que eres inaccesible y ya ni lo intenta. Está bien, será la próxima. Esta noche no es el momento. Bastante tiene ya con lo de su familia como para hacerle pasar por el aro de acostarse con una mujer traumatizada. Se va muy rápido, quemando rueda. A ti te queda el mal sabor de no haberle dicho ni una palabra de consuelo. Está bien, mañana sin falta lo llamas, le dices que lo sientes, que te solidarizas con él, que te duele no poder ayudarle o cualquier cosa de esas que se dicen cuando no se sabe qué decir. Lo llamas y le invitas a tu casa y pasarás por alto que no se haya fijado en tu carísimo vestido de saldo ni en tu escote de de treinta y cinco libras. Aún con las llaves en la mano oyes una voz a tu espalda. "Perdón por lo de anoche" ¿cómo?, a un delincuente no se le ocurriría semejante forma de romper el hielo. No, a no ser que además sea un pirado y en ese caso tienes todas las de perder. Te vuelves con miedo y de repente tu tensión vuelve a su registro normal. Es ese chico, aún no distingues si el que te abrió la puerta o el de la guitarra. En un segundo sabrás que es el de la guitarra, pero ahora no lo sabes. Después de todo, sólo le has oído cantar. Cuando caes que es quien es, buscas una excusa educada para escabullirte "me gustó lo que cantabas esta tarde". -Ah sí... Daydream- te dice-. No pensé que se escuchara tanto. Vuelvo a pedirte perdón entonces. Ensayaba para una fiesta que dan mis padres. De aniversario. Qué bien chico, qué bonito todo, ahora me voy a ver la tele hasta que me duerma porque mi cita me ha plantado por su ex, no me molestes más, no me hables, no tengo ganas de hablar contigo, hice el ridículo la otra noche y me siento razonablemente avergonzada, vete a paseo niñato y ponte a tocarle las pelotas a tus jodidos padres. Pues muy bien -le dices- la habrás cantado veinte veces, te saldrá genial. A Jane nunca le ha gustado ponerse en evidencia y salir a la calle en pijama y aporrear la puerta del adosado contiguo para darle voces a unos estudiantes no entraba en su perfil de discreta insignificancia por eso le fastidia tanto atragantarse con su propia vergüenza. Jane le da la espalda al chico, no sabe si educada o no, no es cuestión de plantearse eso, y cruza la puerta de su guarida a la espera de ser recibida por un cariñoso fantasma meneando la colita. Por cierto -escucha de nuevo- me llamo Paul. Y Jane se vuelve para encontrarse a un chico de poco más de veinte años con la mano extendida, más sonriente de lo que ella quisiera, más cortés de lo que se supone que sería alguien que parece recién levantado de la cama. A un lado su casa, la reserva, el refugio y también el océano donde naufraga cada noche; al otro lado, una mano extendida. ¿Cuántas manos se te han ofrecido antes sin que tú las vieras? No eres una estatua de sal. No eres la vecina loca que asusta a los niños por las noches como una vieja banshee. Busca una buena razón, hazlo porque hoy, pasadas las 9.30 de la noche, te sabes la letra de Daydream, una canción que hasta ayer desconocías. Vale, me llamo Jane. Encantada de conocerte Paul.
Hoy me ha llamado el técnico y me ha dicho que aún no está listo mi Mac. No sé cuando volveré a cuidar de Jane. Por el momento queda a expensas de mis cambios de humor, de los de mi jefe, de la pronta recuperación de mi disco duro... Ahí sigue Jane, sentada en un restaurante un sábado por la noche, recordando la letra de What a day for a daydream.
Sábado por la noche. 7.30 p.m. Richard está ausente esta noche. Te ha dicho que la cantante italiana se vuelve a Milán y se lleva a los niños. No conoces tanto a Richard como para aguantar tranquilamente un silencio de más de cinco minutos, por eso recurres a conversaciones de emergencia y le bombardeas a preguntas varias para obligarle a hablar. No te ha dicho nada del vestido y no se ha fijado en tu escote de treinta y cinco libras. No debe estar hoy Richard para sujetadores de marca. Te está poniendo nerviosa tanto silencio y canturreas mientras viene la camarera. “Ésa canción le gustaba mucho a mi padre”, bien, has roto el encantamiento, el lobo despierta, Richard ha hablado. Ni siquiera sabes qué es lo que cantas, esta tarde mientras te arreglabas, el chico de al lado se ha dedicado otra vez a dar un concierto. Te pusiste las medias a medio muslo y paraste ahí porque te gustaba lo que oías. Ha cantado esa canción durante la hora y media que has tardado en ducharte, darte crema, depilarte -por si acaso-, vestirte y pintarte. ¿Has elegido el día de hoy para invitar a alguien a tu balsa de naúfrago, Jane? Por esta noche sólo conseguirás irte a la cama con una canción nueva recién aprendida. Ese chico estaba ensayando y tú podrías haber hecho los coros, sola por supuesto, Richard está en Milán peleándose con su ex mujer. Por fin llega una gacela con andares de camarera y dos platos enormes casi vacíos flotando a ambos lados de su cuerpo. A Richard le gustan los restaurantes de platos grandes adornados de alimentos experimentales, música étnica experimental, clientes con ropas experimentales y decoración inclasificable. La gacela lleva una cola de caballo hasta la cintura y si se soltara el pelo le arrastraría. Tiene poco más de veinte años, estudia teatro o arte y trabaja aquí para pagarse sus carísimos productos para el cabello. Mira por encima del hombro con el descaro propio de su edad y su belleza, agita la cola y su aroma florido consigue traerse a Richard de Milán. Teletransportación automática a base de perfume post adolescente. El lobo vuelve a la estepa. La selección natural sigue su curso y el ejemplar más joven recibe la mirada seductora de la noche. En lo que a ti respecta Richard se ha vuelto completamente ciego; sólo por seguridad tendrías que describirle lo que llevas, porque en caso de que te secuestraran él no sabría decirlo. Sigues con la conversación para asegurarte de que al menos te escucha. ¿De quien es esa canción, Richard? Loving’ Spoonful -contesta él- unos chicos blancos de Nueva York, es de la época de cuando tú y yo nacimos. Pero Richard no aguanta demasiado los temas sin importancia, necesita trascendencia para contrarrestar así su faceta de cazador olímpico de hembras humanas. Rápidamente te lleva al terreno pantanoso de su divorcio y la custodia de sus hijos. Pobre hombre después de todo. Al final ella se saldrá con la suya y conseguirá que los niños acaben hablando italiano hasta que se mueran. Sientes lástima por él, Mike nunca habría tenido que luchar por eso, vosotros habríais seguido siempre juntos y los hijos que no tuvisteis no tendrían que elegir con quien quedarse los fines de semana. ¿Has pedido un plato también para Mike? Llevabas casi dos horas sin acordarte de él y se ha presentado por sorpresa. Quédate con Mike pues, Richard ha salido a hablar por el móvil “llamada urgente” te ha dicho y tras dedicarle otra mirada carnívora a la joven gacela se ha largado a negociar algo con nosequién. Vuelve a los cinco minutos con aspecto circunstancial y te dice que no vais a poder iros a tomar copas al club. Su ex necesita hablar con él. Ya está todo decidido. Se te jodió la cita, Jenny, ahora sí te viene bien llamarte así, porque te sientes tan frustrada como en la oficina. Has conjurado el espíritu de Mike y Richard ha volado, eso es.