Domingo por la mañana. 10 a.m. Te despiertas siempre a la misma hora incluso los días que no tienes que ir a trabajar. Las seis de la mañana. Y así desde que dejaste de compartir tus noches y tus amaneceres. Pero hoy te has dormido al alba, cuando los primeros rayos de sol iluminaban tu cama oceánica sobre la que ahora yaces desnuda, cansada de pelear con recuerdos marchitos y sueños estériles, te has rendido al fin al abrazo ajeno, a los besos nuevos que han sabido descifrar los secretos de tu cuerpo -las claves ocultas que dejaste olvidadas en una tumba- alejando los silencios de tu garganta y derritiendo la escarcha en tus rincones.
Una mujer negra cantaba "Mad about the boy" con la voz prestada de la inolvidable Dinah Washington. Él te tomó de la mano y os quedasteis solos en mitad de la pista, bailando en ese espacio sin tiempo de los que no tienen donde ir, de los que no tienen quien les espera. Habíais charlado un poco y habíais bebido algo más, pero no tanto para saber que ya no necesitabais hablar, que para todo lo que teníais que deciros no hacían falta palabras. ¿Cuánto tiempo hacía que no bailabas así, Jane? Llevabas muerta cinco años. Te enterraste con Mike en el panteón familiar de una villa de Escocia y has estado vagando desde entonces sin saber a qué mundo perteneces. Ahora sí lo sabes. Sentiste sus labios en los tuyos, su corazón contra el tuyo, la hebilla de su cinturón contra tu vientre. Estabas en mitad de la pista de baile del "The Blue Unicorn" besando a tu primer hombre desde la muerte de Mike, por eso saliste corriendo. Habías sido un alma en pena, un espectro de ti misma y eso te dio tanto miedo. Saliste corriendo, Jane.
Te dejaste acompañar en silencio, no querías decirle que estabas muerta. Muerta y enterrada, eso es. Pensabas que podías, que ésta sería la noche, que todo se había sincronizado para que así lo fuera, pero tenías miedo, Jane.
Abriste la puerta, encendiste las luces y allí estaba. Tu casa entera respirando como un ente invisible. Tragándote día a día, llevándote al olvido. Aún no era tarde, podías salvarte. Saliste a la calle y le viste, caminando despacio, tal vez esperando tu arrepentimiento. Le llamaste de lejos y las puertas y ventanas de tu casa se abrieron todas de par en par.
Cierras las cortinas y dejas tu cuarto en penumbra. Vuelves a la cama y te abrazas a su espalda. ¿Quién te hubiera dicho esto Jane? Richard tampoco lo habría imaginado. Le encontraste allí, tan solo, tan desvalido, tan necesitado de caricias que tu alma caritativa se iluminó de un deseo antiguo. Se sorprendió tanto como tú de verte, pero al contrario que tú, su sorpresa tenía premio. Efectivamente, cimbreándose entre las mesas, acompasada a las notas musicales como si en toda su vida no hubiera hecho otra cosa, la camarera-gacela de cabello interminable se dejó caer junto a Richard como una plumita. "Hay tanta gente en el toilet que mejor me aguanto hasta que termine la actuación" dijo aquella escultura andante.
Acaricias su vientre, su estómago, sus piernas y su respuesta no tarda. Te abraza tiernamente y te regala un beso de buenos días sobre los restos de maquillaje de tus párpados. Durante la cena se excusó para hablar por el móvil. En realidad estaba quedando para luego con la camarera. Que si a qué hora terminas, que si conozco un lugar, que si te gustaría venir conmigo.
Tiene un cuerpo elástico y fuerte, más de lo que parece bajo esas camisetas. Sus manos te buscan como algo nuevo por descubrir, como un reino por conquistar. Te desperezas bajo su peso y te abandonas a su impaciencia. No sabía qué decir, estaba claramente avergonzado. Te sentías ridícula, pero no por ti, sino por él, por Richard. Te había engañado muy bien con sus problemas de familia. Ahora entendías a aquella italiana fogosa que había pleiteado sin descanso hasta llevarse a sus hijos. Ahora entendías a Sarah cuando te dijo que él preferiría a alguien veinte años más joven que a una mujer de treinta y siete.
Lo sientes fluir, alejarse, acercarse, como una marea. Tú eres su playa, su arena, su roca. Choca contra ti, se funde en ti, se calma en ti y una gran ola te sube garganta arriba. Pero aún tienes que pronunciar el conjuro que limpie tu casa de espíritus.
Ahora, él descansa sobre tu cuerpo, acerca sus labios a tu cuello y con la voz enronquecida por la batalla te canta al oído: What a day for a daydream, what a day for a daydreamin' boy...
Ya es hora de despojarte de la mortaja Jane, ya es hora de decirlo. Descansa tú y deja descansar a los muertos, sólo tienes que abrir tus labios y dejar paso a estas palabras: mi marido murió en un accidente ¿sabes Paul?
Mike murió en aquella carretera y yo soy en lo que se convirtió después. Soy su esencia. No tengo nombre, ni cuerpo, ni mente. He habitado en ti hasta que tú has querido que me vaya. Mike se queda en tu memoria, pero yo me iré al fin y cederé mi espacio a los que sueñan despiertos. Tu historia comienza ahora, Jane.
Buceando por YouTube encontré muchas versiones actuales de Daydream, pero al final me decidí por dos de ellas, una "profesional" del italo-escocés Paolo Nutini (quien me inspiró a Paul) con el francés Jhero y otra "casera" buenísima, que no desmerece en absoluto de la anterior. ¿Con qué Paul nos quedamos?
