Sábado por la noche. 11 p.m.
Te dijo que había vivido en una casa de campo a unos minutos en bici de un pueblo de tres mil habitantes. Que sus padres eran profesores de universidad y que no creían en las enseñanzas de las escuelas corrientes. Portadores del virus neohippie en tiempos del incivilizado "no futuro", se marcharon a una granjita en las midlands y desde allí y con la ayuda inestimable de unos abuelos con sobrada solvencia, sus descarriados progenitores les dieron a él y a su hermana toda la buena educación que cabía esperar de un Jim Morrison y una Janis Joplin reciclados para la estricta formación británica. Un día papá se afeitó y mamá se cortó el pelo, siguieron cultivando maría en el invernadero y saludando al sol sentados cual flores de loto -cuando en realidad saludaban a las nieblas y los nubarrones que embadurnan las midlands en todas sus variantes de gris plomo trescientos sesenta días al año- pero el poder de las flores se agotó y Paul y su hermana Helen iniciaron una dura vida escolar en el salón de su casa, porque sus padres debían demostrar primero al claustro universitario y después al resto del mundo, que la escuela tradicional no era necesaria. "Vivir aislado en el campo, rodeado de animales y plantas de adormidera y con dos hembras humanas potencialmente hermosas que para mayor desgracia eran de mi propia familia me puso al borde de la condenación eterna" contaba Paul.
No sabes en qué momento empezó a contarte todo eso. Qué frase o qué palabra dijiste para que ese chico te hablara de él, de su vida y sus aficiones como si se tratara de una cita a ciegas con alguien de una página de contactos. Pero lo más asombroso es que aquellas palabras fluían tan fácilmente de sus labios a tus oídos qué no podrías ni precisar el momento en que fuiste tú la que le hablabas a él. Te callaste, eso sí, lo principal. Prudencia Jane, cuidado con los desconocidos. Mike te decía que no fueras desconfiada, que no caminaras por la vida como si te fueran a hacer daño. Él se confió en su destreza al volante, en su seguridad, en su buena suerte y un camionero medio borracho, mucho más inseguro que él y con mucha menos suerte lo aplastó bajo sus ruedas. Prudencia Jane, no hables de Mike, no compartas su recuerdo con nadie o lo perderás para siempre.
Te dijo que Daydream le gustaba a su padre porque a su vez se la enseñó el suyo cuando era un chaval. ¿Qué edad tenía entonces su padre? Muy poco mayor que tú, ¿no, Jane?. Tal vez la edad de Mike. Este chico hubiera sido el hijo no deseado perfecto en caso de que os hubierais conocido en los 80. Tú en los 80 eras una chica de negro más a quien le gustaba Cindy Lauper y que como todas las chicas de negro de entonces pensabas que eras diferente. Con el tiempo el negro se tornó gris marengo, marrón oscuro, blanco roto, beige tostado y Cindy Lauper cayó en el olvido. Paul te contaba que sus padres se hartaron un día de ser los únicos exponentes vivos del movimiento hippie y que las guitarras de Jesus and Mary Chain desplazaron a los vinilos de Jimmie Hendrix. Por eso empezó él a tocar, hasta que Helen le partió una ceja con la guitarra de juguete. Eso fue mucho antes de su "condenación eterna". Con muy buen tino, Patrick, el sacerdote irlandés amigo de papá le habló a Paul del incesto y sus variantes a tiempo suficiente para evitar que su hermanita Helen siguiera pidiendo los honorarios de fin de semana a su hermano menor a cambio de sesiones caseras de striptease. "Estuve ahorrando tres semanas para reunir dinero y pagarle todo lo que me pedía por tomar en mis propias manos lo que hasta entonces sólo me había enseñado. Si hubiéramos sido más chicos en casa, a la muy puta le habría salido gratis la universidad". Los coches favorecen las confidencias, son cajas cerradas donde las personas comparten un pequeño espacio que se vuelve más íntimo según avanza el cuentakilómetros. Ahora estás encerrada con Paul en el coche de Paul, escuchando sus escandalosas memorias. Te dijo que aún era pronto para quedarse en casa, que conocía un lugar nuevo para bailar música latina y que los sábados tocaban músicos en directo. Que él y sus amigos habían tocado allí. Le dijiste que no, que tal vez otro día. Te asustaste de repente porque dejaste de ver al niñato y empezaste a ver a un hombre, y a ti los hombres te asustan mucho Jane. Te diste media vuelta y saliste corriendo, como siempre, pero el joven Paul debía saber las palabras mágicas para convencer a una chica. Estuvo malgastando un dinero destinado a ir al cine y comprar videojuegos por ver en directo la progresiva floración de su hermana mayor. Ahora, que estás en el coche con él, ya lo sabes. Para llegar de tu puerta a su coche sólo tuvo que decirte lo bonita que estabas con ese vestido.
The Blue Unicorn.
Era un lugar corriente con un pequeño escenario al fondo. Estaba lo suficientemente iluminado para que las parejas de baile se exhibieran sin llegar a ser el centro de atención. Había gente de todo tipo, aunque la mayoría eran veinteañeros en busca de nuevas sensaciones musicales. Sentiste ganas de salir corriendo cuando Paul se bajó del coche y empezó a saludar a unos y a otras que parecían haber pasado no hace mucho la mayoría de edad. Rezaste porque no te presentara a nadie y por lo menos hasta la llegada al ropero, tus oraciones fueron escuchadas. Nunca te desenvolviste bien entre desconocidos, Jane. No es que fuera tu timidez congénita, es que aborrecías las miradas de otros. Ya no te vestías de negro, ni te pintabas los ojos como Lily Monster; hace mucho tiempo que te mostrabas tal cual eras y ésa era parte de tu fragilidad ante el mundo. Mientras Paul ejercía de popular universitario, te entretuviste en encontrar las puertas de emergencia por si había alguna para arrepentidos, pero no te dio tiempo de encontrarla. Tres chicos de menos veinticinco te miraban sonrientes como si fueras una rara especie recién descubierta. Charlie, Al, Sean... te dijo Paul y saludaste lo mejor que pudiste según el método Stanislavsky. Cuando los chicos se fueron y Paul te preguntó si querías un mojito o un daikiri tú sólo supiste responder: ¿Sabes la edad que tengo?. No te preocupes -contestó sonriendo- la próxima vez diremos que eres mi abuela. El daikiri es más apropiado para tus años. Les diré que no lo carguen mucho, por si te sube la tensión. Y dio media vuelta en dirección a la barra.
Ya habías estado antes en estas situaciones. Lorna y Babette te han hecho sentir tantas veces tan avergonzada que te hubiera gustado hacerte invisible en más de una ocasión. Ahora no hace falta que te hagas invisible. Has elegido el lugar más oscuro del local, aún a sabiendas de provocar algún malentendido entre los conocidos de tu joven acompañante. Repasas tu manual de excusas y crees que la más oportuna sería la de la indisposición repentina. Te has pasado los últimos cinco años indispuesta contra la vida, ¿verdad Jane?. No, no lo harás, te tomarás tu daikiri o lo que sea que te traiga tu vecinito el músico y luego le pedirás que te lleve a casa. Es sábado, podrás aguantar una hora más. No es difícil escuchar las historias de ese chico. Te ríes con él y hace mucho que no te reías ¿cinco años, Jane?
Echas un vistazo a la barra, no ves a Paul, sólo una pequeña muchedumbre de todos los colores que lucha por conseguir una copa. Si tarda demasiado en venir puede que vuelvas a tu primer plan de huida; la carrera desesperada. Cuando parece que ya no te queda otra solución y que la frase "¿pero qué hago yo aquí?" se ha grabado en tu mente como un mantra, los focos exagerados de la nueva actuación te muestran, al fondo de la barra, lo que parece ser tu salvación de esta noche.
Nunca pensaste que lo verías de esta forma, así, señalado por una luz impertinente que no atina con el pequeño escenario. Cegada por los fogonazos, entre el ruido de los instrumentos por afinar, los discretos aplausos de la gente y el tintineo de los cócteles, apenas si aciertas a caminar entre las mesas que te separan de él. Serio, taciturno, y completamente solo. Así, sin darse cuenta que estás observándole, sin caretas ni artificios, como siempre te hubiera gustado verlo. Las cosas no pasan por casualidad. Tenías que venir hasta aquí. Las luces por fin se acomodan al pequeño grupo y se acompasan con la melodía. Aún no se ha dado cuenta que estás a su espalda, parece que sus problemas le tienen muy lejos esta noche. Cuando se vuelve a mirarte se queda tan asombrado como tú. No sabes exactamente descifrar su expresión. Tal vez, se le ha ocurrido lo mismo que a ti, que la vida tiene esquinas que necesariamente hay que doblar para encontrar el camino. No sabe qué decir, es normal, lo dices tú, que para eso -y tras mucho titubeos- has logrado al fin llegar: Hola Richard, no esperaba verte aquí.
(...) Continuará
(...y ya falta poquito)
martes 30 de octubre de 2007
WHAT A DAY FOR A DAYDREAM Capítulo 6
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Carmen
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Etiquetas: Capítulo 6
viernes 19 de octubre de 2007
WHAT A DAY FOR A DAYDREAM Capítulo 5
Sábado por la noche. 9.30 p.m. La vuelta a casa está resultando incómoda. El silencio se ha instalado en el coche de Richard como un pasajero más y a ti se te han acabado los recursos para darle conversación. Se le ve impaciente por dejarte en casa, conduce rápido y no parece tan interesado en demorar la despedida como en las citas anteriores. Hoy precisamente que estabas decidida a dar un paso más con él, tropiezas con un asunto externo. Richard tiene razones para estar preocupado y no es cuestión que tú lo consueles. Eres una viuda aún joven con dificultades para superar una tragedia, es cierto que cinco años de duelo son demasiados, pero cada uno tiene sus ritmos y ahora que has decidido avanzar un poco, necesitas que el otro esté en plenas condiciones para procurarte un atisbo de felicidad. Algún día tendrás que atreverte a verlo, a Richard, sólo tienes que olvidarte que no te gusta su cara y que no te parece atractivo. ¿Quien te parece atractivo Jane? Los ves por la calle, en el cine o en la televisión y te preguntas cómo será el hombre que acceda a tu cuerpo después de Mike. Hombres a los que nunca quieres mirar. Podrías ser la reina de tu choza cualquier noche de éstas, pero aún no te atreves a poner los pies a ambos lados de la cama debajo de cualquier desconocido porque aún lo llevas a él dentro. Como si los cientos de duchas diarias, los baños de sales, las cremas y perfumes que has usado desde su muerte no hubieran borrado su olor de tu piel, de tu pelo, del colchón y las sábanas. A Richard le gustas, eso lo sabes, le basta con que seas una hembra bien formada, no tienes que esforzarte demasiado, por eso demoras un encuentro cuerpo a cuerpo para cuando ya no puedas más, para cuando sientas esa sacudida de sangre en las muñecas, ese calor ahí abajo que te obligue a apretarte contra él en futuras despedidas. ¿Cuantas mujeres fantasean con un ejemplar angloafricano como Richard mientras sus maridos las toquetean torpemente bajo edredones de plumas? Tienes suerte Jane, hoy podrías haberle invitado a la última copa en tu casa, escuchar música, reirte con sus charlas de documental y dejarle expectante hasta la próxima cita. Adiós Richard, lo he pasado muy bien. Pero hoy no se ha hecho el remolón, se ve que tiene prisa. Pobre. O tal vez ya se ha hecho a la idea que eres inaccesible y ya ni lo intenta. Está bien, será la próxima. Esta noche no es el momento. Bastante tiene ya con lo de su familia como para hacerle pasar por el aro de acostarse con una mujer traumatizada. Se va muy rápido, quemando rueda. A ti te queda el mal sabor de no haberle dicho ni una palabra de consuelo. Está bien, mañana sin falta lo llamas, le dices que lo sientes, que te solidarizas con él, que te duele no poder ayudarle o cualquier cosa de esas que se dicen cuando no se sabe qué decir. Lo llamas y le invitas a tu casa y pasarás por alto que no se haya fijado en tu carísimo vestido de saldo ni en tu escote de de treinta y cinco libras.
Aún con las llaves en la mano oyes una voz a tu espalda. "Perdón por lo de anoche" ¿cómo?, a un delincuente no se le ocurriría semejante forma de romper el hielo. No, a no ser que además sea un pirado y en ese caso tienes todas las de perder. Te vuelves con miedo y de repente tu tensión vuelve a su registro normal. Es ese chico, aún no distingues si el que te abrió la puerta o el de la guitarra. En un segundo sabrás que es el de la guitarra, pero ahora no lo sabes. Después de todo, sólo le has oído cantar. Cuando caes que es quien es, buscas una excusa educada para escabullirte "me gustó lo que cantabas esta tarde".
-Ah sí... Daydream- te dice-. No pensé que se escuchara tanto. Vuelvo a pedirte perdón entonces. Ensayaba para una fiesta que dan mis padres. De aniversario.
Qué bien chico, qué bonito todo, ahora me voy a ver la tele hasta que me duerma porque mi cita me ha plantado por su ex, no me molestes más, no me hables, no tengo ganas de hablar contigo, hice el ridículo la otra noche y me siento razonablemente avergonzada, vete a paseo niñato y ponte a tocarle las pelotas a tus jodidos padres. Pues muy bien -le dices- la habrás cantado veinte veces, te saldrá genial. A Jane nunca le ha gustado ponerse en evidencia y salir a la calle en pijama y aporrear la puerta del adosado contiguo para darle voces a unos estudiantes no entraba en su perfil de discreta insignificancia por eso le fastidia tanto atragantarse con su propia vergüenza. Jane le da la espalda al chico, no sabe si educada o no, no es cuestión de plantearse eso, y cruza la puerta de su guarida a la espera de ser recibida por un cariñoso fantasma meneando la colita.
Por cierto -escucha de nuevo- me llamo Paul. Y Jane se vuelve para encontrarse a un chico de poco más de veinte años con la mano extendida, más sonriente de lo que ella quisiera, más cortés de lo que se supone que sería alguien que parece recién levantado de la cama.
A un lado su casa, la reserva, el refugio y también el océano donde naufraga cada noche; al otro lado, una mano extendida. ¿Cuántas manos se te han ofrecido antes sin que tú las vieras? No eres una estatua de sal. No eres la vecina loca que asusta a los niños por las noches como una vieja banshee. Busca una buena razón, hazlo porque hoy, pasadas las 9.30 de la noche, te sabes la letra de Daydream, una canción que hasta ayer desconocías.
Vale, me llamo Jane. Encantada de conocerte Paul.
(...) Continuará
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Carmen
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Etiquetas: Capítulo 5
miércoles 10 de octubre de 2007
Un paréntesis en la vida de Jane
Hoy me ha llamado el técnico y me ha dicho que aún no está listo mi Mac. No sé cuando volveré a cuidar de Jane. Por el momento queda a expensas de mis cambios de humor, de los de mi jefe, de la pronta recuperación de mi disco duro...
Ahí sigue Jane, sentada en un restaurante un sábado por la noche, recordando la letra de What a day for a daydream.
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Carmen
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