viernes 4 de enero de 2008

TRES PROMESAS

Foto Isabel Muñoz. Serie: Cuba


La Habana, 18 de julio de 2007

I
Los cubanos bailan de oído. La música envía un impulso rítmico hacia sus caderas -el epicentro musical del ser humano- y de ahí una vibración sonora mueve sus cuerpos como un junco al aire. Es un movimiento natural, no forzado, se aprende a bailar como se aprende a hablar y los que vienen de lejos del Caribe tienen que practicarlo como un idioma desconocido, marcando pasos, de tal modo que por muy bien que lo hagan siempre bailarán con acento extranjero. El son, la guaracha, la rumba, la salsa, salen como a golpes de corazón. El son, por ejemplo, es el latido suave de quien se siente a gusto con la vida, de quien se levanta sonriendo y se muere dejando una ristra de buenos amigos desconsolados; la salsa, en cambio, es el enamorado frenético, el corazón loco, la prisa por quererse, la alegría fugaz de los nuevos encuentros. Un, dos, tres, cuatro... paso de mambo; un, dos, tres, cuatro. Una mujer no necesita saber los pasos para bailar con un cubano, sólo dejarse llevar; olvidarse los grilletes que agarrotan los brazos y las piernas y soltar la cintura como si se estuviera con un amante reciente. Entregarse y abandonarse al ritmo de la vida. Así es muy fácil bailar.

II
A él, que venía del otro lado del mundo -de una tierra antigua, de un desierto casi- le parecía que ella sabía bailar. Y no sabía, no. Bailaba con acento extranjero, con pasos aprendidos como sílabas de frases hechas. Con timidez y algo de miedo. Pero de eso él no se dio cuenta. Era alta, grande, blanquísima y a ratos parecía guapa. Bailó primero con un mulato con un traje blanco que encabezaba una troupe de jineteras. Bailó después con uno de los músicos de la banda, otro mulato que no tardó en llevarla a la barra y sentarse a su lado para empezar así la conquista de la libertad reencarnada en una mujer blanca. No importaba lo que ese hombre le estuviera diciendo, él seguía con los ojos pegados a ella como el cañón luminoso de un teatro a oscuras, así hasta conseguir que ella también lo viera.



III
Y se miraron y se reconocieron. Ella porque esperaba encontrar a alguien que no la viese como un pasaje para escapar de la Isla; él porque sólo quería conocer a una mujer que no le costase cien pesos convertibles la noche. Y se reconocieron por esa vieja emoción que está por encima de la geografía y los idiomas y que viene de cuando no hacía falta hablar: sólo con verse ya sabían que aquella sería su única y última noche. Por todo eso y más se reconocieron.

IV
Saltarse a la torera las estrecheces protocolarias y atender a los instintos primarios es algo extraordinariamente erotizante para algunas mujeres y si a la naturaleza pura se le añade un pellizco justo -sin llegar, ni pasarse- de buenos modales, el resultado puede ser una delicia. Así, tras la fórmula rompehielos "¿tú de dónde vienes?" - en perfecto inglés, por supuesto- y el intercambio de respuestas "yo de España ¿y tú?" - en inglés balbuciente y arrastrado como los pasos de salsa académica - una mano segura de sí misma agarra a otra en perfecto estado de asombro para llevarla del terreno ajeno de la barra, al neutral intermedio y de allí al contrario de la mesa contigua y decir, con el aplomo necesario para que, sin contraseñas ni artificios, se produzca el estallido: Yo soy de Israel. Siéntate conmigo, por favor.

V
Tiene veintiséis años y dejó el ejército israelí hace unos meses. Aprendió a desfilar entre las tumbas de sus compatriotas y por lo tanto, teme a la muerte como para perderle del todo el miedo a la vida. Se ha gastado su última paga de soldado en recorrer una parte de los Estados Unidos y al final ha pasado unos meses en Monterrey donde ha aprendido muy bien a entender el español y a hablarlo casi tan mal como un gringo del norte. Aún así su acento a narcocorrido le hace parecer tierno y vulnerable a los ojos de ella que, sin duda, prefiere corregir el balbuciente castellano de él que atreverse con su inglés apresurado y confuso, por eso agradeció que fuera comprensivo cuando al intentar explicarle que su cumpleaños fue "hace dos días", tradujera convencida "hace dos años" y que tras el breve silencio a media sonrisa él le contestara cual charro con piedras en la boca: ...Si quieres, podemos hablar en español.

VI
Ha venido a La Habana como antes fue a México o a Santo Domingo o a Florencia. A olvidar el gris de una ciudad de provincias que aunque ofrezca un exterior limpio y luminoso tiene el alma oscura como la sombra de un murciélago. A olvidar los días iguales, las noches sin abrazos; los días rápidos, las noches eternas y buscarse en otro mundo, por si se ve distinta, por si ya no vuelve a ser la misma. A cumplir cuarenta años y celebrarlo en La Floridita y beberse un daikirí y bailar los pasos memorizados con tesón de catecismo. Bailar y nada más les dice a los cubanos; no quiere verse mendigando cariño a cambio de un "te llevo a España"; se sabe merecedora de un deseo sin tasas ni intereses y su orgullo está muy por encima de marujitas cazadoras de sementales caribeños. Él, en cambio, es distinto, él no la busca por necesidad, por eso para él será su cintura cuando caminen hacia el Malecón; para él serán sus caderas cuando las tome entre sus manos y su cuello azulado para sus labios y el olor del pelo y la piel húmeda de son y salsa. (...)


VII
Los piratas lo llamaron "el collar de perlas del Caribe" y es que, desde el mar, el Malecón es medio óvalo salpicado de luces estrelladas que apenas deja adivinar la triste decadencia que hay tras él. Desde el Malecón el mar es de un turquesa inocente que se vuelve oscuro y amenazante a medida que avanza la noche. Al otro lado de ese abismo está la libertad, pero para alcanzarla hay que entregarse al mar como los habaneros se entregan a la noche.
Se sentaron entre gente que dormía, adolescentes reguetoneros, parejas confidentes y familias enteras contando sueños libertarios cara al mar. El Malecón es el punto de encuentro más solicitado una vez que oscurece y su población aumenta conforme pasan las horas. Los hay de todas las edades y da igual si se quedan hasta el amanecer o no; saben que al día siguiente no habrá nada que hacer hasta caer la tarde y entonces, volverán al Malecón. Visto de lejos, una hilera humana parece haber rellenado todos los huecos posibles desde la Habana Vieja hasta Miramar, pero una vez que se llega, siempre hay un sitio donde sentarse. Ellos encontraron su sitio. Allí se besaron por vez primera y allí -mitad en inglés, mitad en castellano- resumieron lo más inmediato de sus vidas.



VIII
"Me quedo en el Plaza y esta noche te vienes conmigo". No preguntó, afirmó sin más. No era hombre de titubeos. Remontaron Galiano y cruzaron por Neptuno. El Plaza estaba cerca, un paseo nada más, pero a ellos se le hizo deliciosamente interminable. La impaciencia de él obligaba a parar en todas las esquinas, rincones y portales de aquella ciudad rota. Ella, en cambio, en esos catorce años de diferencia, había aprendido a esperar y prefería ir más despacio; contenerle, no dejarle seguir. La vida le había enseñado a renunciar demasiadas veces y había aprendido a conformarse con una felicidad servida a ráfagas fugaces más que en largas y tranquilas travesías. Una noche da para mucho, para qué exprimirla en arrebatos públicos sin saborearla a fondo cuando, de todas formas, se sabe que va a terminar. No imaginaba entonces que su prisa no sólo era reflejo de un deseo insoportable; había algo más a lo que él debía adelantarse, algo que estaba muy por encima de sus ganas de arrancarle el vestido y tumbarla sobre la cama de la habitación 206 del Hotel Plaza. Pero eso ella aún no lo sabía. (…)


Hotel Plaza. La Habana.

IX
En la puerta pone "1900" y cruzar esa puerta es cruzar un siglo. En el lobby los periquitos duermen en sus jaulas; los botones y los porteros charlan sin prestar atención a quienes entran; ya los vieron antes, un cliente del hotel y una turista, no problem, no es jinetera.
Le han limpiado la cara, le han repintado, han renovado los ascensores, pero no engaña a nadie; el Plaza aparenta los más de cien años bien llevados que tiene. La habitación 206 no es para menos. Allí debieron pernoctar aprendices de gangster y poetas solventes con pretensiones existencialistas. Ahora es sólo una chambre modesta y bien ventilada con vistas al Capitolio y esas novelas hebreas apiladas en el suelo en discreto orden adornan su decadencia de gloriosa diva envejecida. No hay que esperar, para qué cerrar las cortinas si a esas horas nadie va a ver qué pasa detrás de ese balcón. Si espera, si se demora en preliminares lo escuchará y esta vez quiere desobedecerle, no hacerle caso, decirle que no. Quiere que el deseo, la lujuria, el pecado vayan más rápido y que cuando el arrepentimiento llegue ya no haya remedio y esté todo hecho. Luego, ya verá qué hace con la penitencia. Pero eso ella no lo sabe, por eso le frena, quiere que vaya mucho más despacio, así le desabrocha los botones de la camisa y planta besos de mariposa sobre su piel de azafrán y él, al fin, se abandona sabiendo que ya está perdido. No había que recorrer mucho territorio, sólo seguir con los labios la fina línea de vello oscuro del vientre, atravesar el ombligo y pararse en el elástico de los calzoncillos para que un arcángel del ejército celestial irrumpiera, espada en mano, en la habitación 206: – No puedo -en inglés-. – No puedo -en español-. – ¿Por qué? -en inglés-. Y según lo que ven sus ojos no hay razón humana para no poder, pero lo que sus ojos no ven son las razones divinas y ahí da igual que la naturaleza se manifieste con evidente rotundidad fisiológica. "Compréndeme por favor -contesta en inglés- pero no puedo hacerlo. Cuando salí de mi casa mi padre me rogó le hiciera tres promesas: Rezar todos los días, santificar el Sabbath y no tener sexo con mujeres no judías. Si tengo sexo contigo cometería un pecado mortal".

Foto: Eduardo Segura. (su blog)

X
Ella era de esos turistas a quienes les pasan a veces cosas propias de viajeros o exploradores. No buscó nunca la aventura y sus sueños se mantuvieron siempre en el más sencillo costumbrismo; pero también ella era de los que no eligen la totalidad de su vida, sino que una gran parte le viene dada por manos invisibles, como el guión de última hora de una obra teatral a cuyo argumento hay que adaptarse apresuradamente, improvisando frases y maneras de un personaje bien distinto al aprendido por la actriz principal. ¿Qué hacer ante aquella situación? De repente se veía convertida en la lasciva mujer de Putifar, en la perversa Jezabel, en la intrigante Dalila por obra y gracia del mismísimo Yahvé. El casto José por su parte no pudo evitar que se le derramara la bendita esencia al rozarse con la piel cristiana y liberado ya de un demonio en firmes que casi le hace romper su tercera promesa, suplicó derecho de pernada sobre la infiel para así dormir en inocente cuarentaycuatro al que el Cielo haría la vista gorda. Si de algo le servían a ella cuarenta años de cultura mediterránea era que el buen aceite puesto a hervir y luego a enfriar de golpe pierde las propiedades así que declinó la proposición y salió con la cabeza bien alta de la habitación 206 no sin antes ponerle a tan comprometido amante un beso de monjita entre ceja y ceja.

Henry Fonda y Bette Davis en Jezabel.

En el lobby, botones y porteros seguían con su charla, los pericos durmientes en sus jaulas y cuatro o cinco taxis de todos los colores y tamaños esperándola en la puerta. Agarró el más grande, uno de los Mercedes puestos por el régimen al servicio del turista, y con la decisión propia de quien ha desafiado -sin saberlo- la voluntad de Dios, despertó al taxista amodorrado sobre el volante: al Hotel Nacional, por favor.

Hotel Nacional. La Habana.

Salieron por el Paseo del Prado hacia el Malecón; los dos leones de bronce que flanquean el Paseo soñaban con los tiempos en que aún eran cañones de guerra, el taxi los iluminó con sus faros y por un momento volvieron a brillar como en las viejas batallas. El Malecón no podía estar más lleno, eso significaba que amanecería pronto. Más gente cuanto más pasan las horas. Una línea clara dividía el mar del cielo, pero aún era de noche, ya se veían las lucecitas altísimas del Habana Libre y las magníficas atalayas del Nacional. Estaba cansada, tenía sueño, mejor no pensar en lo que le había pasado, dormirse tranquilamente sabiendo que nadie la espera, que no espera a nadie y que no tiene una sola promesa que cumplir.

"Somos viajeros de distintos mundos, que tropezamos en cualquier andén y que a la hora de seguir el viaje, cada cual sigue con su propio tren..."
Carlos Puebla.


FIN

Pequeña joya musical como contribución a la Banda Sonora de mi relato.


EPÍLOGO
Hay que tener mucho cuidado a quien se le cuentan las cosas, el tú a tú trae complicaciones ya que una se coloca en posición vulnerable hacia interlocutores demasiado sensibles a la envidia, la represión o los prejuicios. Decidí escrupulosamente a quien podía o no contar esta historia, con el tiempo descubrí que el escaso número de amigos que me escuchó debiera haber sido aún más escaso. Cosa bien distinta es contarlo desde otra posición; desde la anónima posición del narrador. Ésa es una posición de poder, podrá gustar o no lo que cuento o cómo lo cuento, pero nadie se atreverá nunca a juzgar lo narrado. Esta historia es, pues, un pedazo de mi propia historia, contada tal y como ocurrió de la mejor forma que sé hacerlo.

 
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