martes 30 de octubre de 2007

WHAT A DAY FOR A DAYDREAM Capítulo 6

Sábado por la noche. 11 p.m.
Te dijo que había vivido en una casa de campo a unos minutos en bici de un pueblo de tres mil habitantes. Que sus padres eran profesores de universidad y que no creían en las enseñanzas de las escuelas corrientes. Portadores del virus neohippie en tiempos del incivilizado "no futuro", se marcharon a una granjita en las midlands y desde allí y con la ayuda inestimable de unos abuelos con sobrada solvencia, sus descarriados progenitores les dieron a él y a su hermana toda la buena educación que cabía esperar de un Jim Morrison y una Janis Joplin reciclados para la estricta formación británica. Un día papá se afeitó y mamá se cortó el pelo, siguieron cultivando maría en el invernadero y saludando al sol sentados cual flores de loto -cuando en realidad saludaban a las nieblas y los nubarrones que embadurnan las midlands en todas sus variantes de gris plomo trescientos sesenta días al año- pero el poder de las flores se agotó y Paul y su hermana Helen iniciaron una dura vida escolar en el salón de su casa, porque sus padres debían demostrar primero al claustro universitario y después al resto del mundo, que la escuela tradicional no era necesaria. "Vivir aislado en el campo, rodeado de animales y plantas de adormidera y con dos hembras humanas potencialmente hermosas que para mayor desgracia eran de mi propia familia me puso al borde de la condenación eterna" contaba Paul.
No sabes en qué momento empezó a contarte todo eso. Qué frase o qué palabra dijiste para que ese chico te hablara de él, de su vida y sus aficiones como si se tratara de una cita a ciegas con alguien de una página de contactos. Pero lo más asombroso es que aquellas palabras fluían tan fácilmente de sus labios a tus oídos qué no podrías ni precisar el momento en que fuiste tú la que le hablabas a él. Te callaste, eso sí, lo principal. Prudencia Jane, cuidado con los desconocidos. Mike te decía que no fueras desconfiada, que no caminaras por la vida como si te fueran a hacer daño. Él se confió en su destreza al volante, en su seguridad, en su buena suerte y un camionero medio borracho, mucho más inseguro que él y con mucha menos suerte lo aplastó bajo sus ruedas. Prudencia Jane, no hables de Mike, no compartas su recuerdo con nadie o lo perderás para siempre.

Te dijo que Daydream le gustaba a su padre porque a su vez se la enseñó el suyo cuando era un chaval. ¿Qué edad tenía entonces su padre? Muy poco mayor que tú, ¿no, Jane?. Tal vez la edad de Mike. Este chico hubiera sido el hijo no deseado perfecto en caso de que os hubierais conocido en los 80. Tú en los 80 eras una chica de negro más a quien le gustaba Cindy Lauper y que como todas las chicas de negro de entonces pensabas que eras diferente. Con el tiempo el negro se tornó gris marengo, marrón oscuro, blanco roto, beige tostado y Cindy Lauper cayó en el olvido. Paul te contaba que sus padres se hartaron un día de ser los únicos exponentes vivos del movimiento hippie y que las guitarras de Jesus and Mary Chain desplazaron a los vinilos de Jimmie Hendrix. Por eso empezó él a tocar, hasta que Helen le partió una ceja con la guitarra de juguete. Eso fue mucho antes de su "condenación eterna". Con muy buen tino, Patrick, el sacerdote irlandés amigo de papá le habló a Paul del incesto y sus variantes a tiempo suficiente para evitar que su hermanita Helen siguiera pidiendo los honorarios de fin de semana a su hermano menor a cambio de sesiones caseras de striptease. "Estuve ahorrando tres semanas para reunir dinero y pagarle todo lo que me pedía por tomar en mis propias manos lo que hasta entonces sólo me había enseñado. Si hubiéramos sido más chicos en casa, a la muy puta le habría salido gratis la universidad". Los coches favorecen las confidencias, son cajas cerradas donde las personas comparten un pequeño espacio que se vuelve más íntimo según avanza el cuentakilómetros. Ahora estás encerrada con Paul en el coche de Paul, escuchando sus escandalosas memorias. Te dijo que aún era pronto para quedarse en casa, que conocía un lugar nuevo para bailar música latina y que los sábados tocaban músicos en directo. Que él y sus amigos habían tocado allí. Le dijiste que no, que tal vez otro día. Te asustaste de repente porque dejaste de ver al niñato y empezaste a ver a un hombre, y a ti los hombres te asustan mucho Jane. Te diste media vuelta y saliste corriendo, como siempre, pero el joven Paul debía saber las palabras mágicas para convencer a una chica. Estuvo malgastando un dinero destinado a ir al cine y comprar videojuegos por ver en directo la progresiva floración de su hermana mayor. Ahora, que estás en el coche con él, ya lo sabes. Para llegar de tu puerta a su coche sólo tuvo que decirte lo bonita que estabas con ese vestido.

The Blue Unicorn.

Era un lugar corriente con un pequeño escenario al fondo. Estaba lo suficientemente iluminado para que las parejas de baile se exhibieran sin llegar a ser el centro de atención. Había gente de todo tipo, aunque la mayoría eran veinteañeros en busca de nuevas sensaciones musicales. Sentiste ganas de salir corriendo cuando Paul se bajó del coche y empezó a saludar a unos y a otras que parecían haber pasado no hace mucho la mayoría de edad. Rezaste porque no te presentara a nadie y por lo menos hasta la llegada al ropero, tus oraciones fueron escuchadas. Nunca te desenvolviste bien entre desconocidos, Jane. No es que fuera tu timidez congénita, es que aborrecías las miradas de otros. Ya no te vestías de negro, ni te pintabas los ojos como Lily Monster; hace mucho tiempo que te mostrabas tal cual eras y ésa era parte de tu fragilidad ante el mundo. Mientras Paul ejercía de popular universitario, te entretuviste en encontrar las puertas de emergencia por si había alguna para arrepentidos, pero no te dio tiempo de encontrarla. Tres chicos de menos veinticinco te miraban sonrientes como si fueras una rara especie recién descubierta. Charlie, Al, Sean... te dijo Paul y saludaste lo mejor que pudiste según el método Stanislavsky. Cuando los chicos se fueron y Paul te preguntó si querías un mojito o un daikiri tú sólo supiste responder: ¿Sabes la edad que tengo?. No te preocupes -contestó sonriendo- la próxima vez diremos que eres mi abuela. El daikiri es más apropiado para tus años. Les diré que no lo carguen mucho, por si te sube la tensión. Y dio media vuelta en dirección a la barra.

Ya habías estado antes en estas situaciones. Lorna y Babette te han hecho sentir tantas veces tan avergonzada que te hubiera gustado hacerte invisible en más de una ocasión. Ahora no hace falta que te hagas invisible. Has elegido el lugar más oscuro del local, aún a sabiendas de provocar algún malentendido entre los conocidos de tu joven acompañante. Repasas tu manual de excusas y crees que la más oportuna sería la de la indisposición repentina. Te has pasado los últimos cinco años indispuesta contra la vida, ¿verdad Jane?. No, no lo harás, te tomarás tu daikiri o lo que sea que te traiga tu vecinito el músico y luego le pedirás que te lleve a casa. Es sábado, podrás aguantar una hora más. No es difícil escuchar las historias de ese chico. Te ríes con él y hace mucho que no te reías ¿cinco años, Jane?

Echas un vistazo a la barra, no ves a Paul, sólo una pequeña muchedumbre de todos los colores que lucha por conseguir una copa. Si tarda demasiado en venir puede que vuelvas a tu primer plan de huida; la carrera desesperada. Cuando parece que ya no te queda otra solución y que la frase "¿pero qué hago yo aquí?" se ha grabado en tu mente como un mantra, los focos exagerados de la nueva actuación te muestran, al fondo de la barra, lo que parece ser tu salvación de esta noche.

Nunca pensaste que lo verías de esta forma, así, señalado por una luz impertinente que no atina con el pequeño escenario. Cegada por los fogonazos, entre el ruido de los instrumentos por afinar, los discretos aplausos de la gente y el tintineo de los cócteles, apenas si aciertas a caminar entre las mesas que te separan de él. Serio, taciturno, y completamente solo. Así, sin darse cuenta que estás observándole, sin caretas ni artificios, como siempre te hubiera gustado verlo. Las cosas no pasan por casualidad. Tenías que venir hasta aquí. Las luces por fin se acomodan al pequeño grupo y se acompasan con la melodía. Aún no se ha dado cuenta que estás a su espalda, parece que sus problemas le tienen muy lejos esta noche. Cuando se vuelve a mirarte se queda tan asombrado como tú. No sabes exactamente descifrar su expresión. Tal vez, se le ha ocurrido lo mismo que a ti, que la vida tiene esquinas que necesariamente hay que doblar para encontrar el camino. No sabe qué decir, es normal, lo dices tú, que para eso -y tras mucho titubeos- has logrado al fin llegar: Hola Richard, no esperaba verte aquí.

(...) Continuará
(...y ya falta poquito)


Y para imaginarse la escena o adelantarse al final, podemos recrearnos en lo que podría escucharse esa noche en "The Blue Unicorn"

3 comentarios:

raindrop dijo...

Esta Jane... a veces parece mi alter ego...
(¿Richard? jo, no me acaba de caer muy bien... veremos el desenlace)

Besos ;)

Carmen dijo...

Algún día me explicarás el porqué de tu alter ego. Me tienes intrigadísima.

Y... bueno, Richard puede que no caiga del todo bien a todo el mundo. Sólo es un ser humano (inventado, pero humano)

Un abrazo

batanero dijo...

Es curiosa la necesidad que tienen los hombres más jóvenes para cautivar a la mujer madura de contar las intimidades más inverosímiles.
Imagino a Jane en ese universo hostil y topar con Richard. Estoy deseando conocer qué tienen que decirse, y sobre todo qué cara pondrá Paul.

 
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